Reflexión del día viernes 30 de enero

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Mc 4, 26-34

Jesús decía a la multitud:

«El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha.»

También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra.»

Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Palabra de Señor


Reflexión del Padre Rodrigo Aguilar

Escucha la reflexión en YouTube haciendo clic aquí o puedes leerla a continuación...

«¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios?». ¡Qué buena pregunta se pregunta Jesús! Él se preocupaba, o se ocupaba, en buscar la mejor manera de comunicarse con los que lo escuchaban. No solo le interesaba decir lo que pensaba, como muchas veces nos pasa a nosotros, sin importarle sus oyentes, como si fuéramos nosotros un político demagogo de esos tiempos y de estos tiempos también. Jesús es Dios, es Dios hecho hombre, y Dios es amor, por eso habló siempre con amor y con verdad. Es interesante pensar en esto, relacionándolo con lo que estamos profundizando en estos días sobre la comunicación.

Dios no solo se ocupa de hablarnos o decirnos verdades abstractas, frases para anotar en un libro, frases para compartir en las redes, sino también le gusta que las podamos comprender, que entendamos el mensaje y que esas palabras graben y produzcan un cambio en el alma. Por eso también se ocupa en el modo de transmitirlas. Porque detrás y en las palabras hay mucho más que letras desparramadas o acomodadas para lograr un sentido, hay corazón, hay amor, hay algo más para dar.

Si el amor estuviera solo en las palabras, todo sería bastante más sencillo entre nosotros, incluso para Dios hubiese sido más sencillo, podría haberse quedado tranquilo «en el cielo» y nos podría haber tirado desde arriba un libro lleno de frases muy lindas que hablen sobre el amor. Sin embargo, decidió venir él mismo en persona a hablarnos del amor en persona, pero siendo él mismo el amor, para hablarnos de corazón a corazón. Es algo que no tenemos que olvidar nunca.

La comunicación entre nosotros, nosotros con Dios y Dios con nosotros, no es meramente una cuestión intelectual, racional, de pasarnos «informaciones», contenidos de cosas, sino que cuando dos personas se comunican hay algo que está más allá y permanece aun cuando dejamos de vernos, permanecen en el tiempo-corazón de cada uno. Un abrazo, un lindo gesto, una palabra de consuelo, de aliento, de esperanza, de alegría, sigue produciendo sus frutos más allá de la presencia física del que las dice y del que las recibe.
Sigue consolando, sigue dando esperanzas, sigue llenando de alegría, sigue… continúa, porque el corazón tiene «ritmos» distintos, «baila» cuando la música deja de sonar. Pensemos y recemos con esta verdad. Nos pasa con cosas lindas y también con las que no son tan lindas. Pensemos en esas palabras, gestos, frases que jamás vamos a olvidar porque le dieron de alguna manera un rumbo distinto a nuestras vidas, no solo a un día, sino a nuestras vidas. Podríamos dar mil ejemplos de esto, cada uno tendrá el suyo, pero podemos entenderlo con Algo del Evangelio de hoy, con esta parábola maravillosa de hoy: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios?».

El Reino de Dios, la propuesta de amor de Dios Padre hacia nosotros, por medio de su Hijo Jesús, es incomparable, no se puede agotar con imágenes, pero sí se puede intentar compararlo con algo para que nos ayude. Como hoy, con un hombre que siembra, con una semilla que crece más allá de sus esfuerzos, y una cosecha que llega a su tiempo, en el momento oportuno, cuando está maduro el grano, más allá de los apuros y de las ansiedades del sembrador, como nos puede pasar a vos y a mí.

Podríamos decir que escuchar, rezar y meditar la Palabra de Dios de cada día es parecido a esto, a esta realidad. Hay algo que nos supera y que produce fruto mientras dormimos, mientras descansamos, mientras incluso nos enojamos, mientras nos impacientamos, nos entristecemos, mientras pensamos que no vale la pena hacer nada, incluso mientras nos alejamos del verdadero sembrado, mientras nos olvidamos, mientras nos encaprichamos, mientras nos superficializamos en este mundo bastante consumista y egoísta, mientras todo gira a nuestro alrededor sin parar.

La comunicación decíamos, por lo menos siempre, es de a dos, pero el tercer protagonista y no menos importante es la semilla, es el mensaje, el amor que lleva en sí la Palabra, ya que tiene su propia fuerza, es viva, es eficaz, no es palabra seca, vacía y muerta.
¡Qué buena noticia! ¿No te alegra? A mí muchísimo. Por eso, como venimos diciendo en estos días, en la comunicación todo depende de varias cosas, del que comunica, del que recibe, pero gracias a Dios también del mensaje, de la semilla.

Confiemos mutuamente en la semilla, no tanto en nosotros, en mí al transmitirla o en vos al escucharla. Confiemos en que la Palabra que Dios siembra día a día en nuestras almas va a dar fruto a su tiempo, nos va a ir cambiando lentamente el corazón, tarde o temprano, aunque estemos dormidos, distraídos o en cualquiera otra cosa. Es como la lluvia, no vuelve al cielo sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado.

No dejemos nunca de escuchar, no nos cansemos de hacer este esfuerzo diario de prestarle atención a Jesús, que la cosecha llegará a su debido tiempo.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.